jueves, 20 de julio de 2017

Voley

El domingo, nuestro entrenador comprometió a sus alumnos de CrossFit a que se presenten a un evento solidario, donde se realizaría una competencia de Voley.

Una competencia de Voley en donde jugaría un grupo de crossfistas. ¿Se va entendiendo por dónde viene la mano?

- Ya inscribí a nuestro gimnasio - dijo Eduardo, el jefe indio de La Ira. - Así que sólo tienen que ir. Es para colaborar.

Porque La Ira, nuestro gimnasio, es multirubro.

Porque La Ira, es completísimo.

Porque La Ira ¡no sabe decir no!

Muchos dijeron que sí, entusiastas, pero a la hora de la verdad, casi nadie apareció. Así que ese domingo, los seis integrantes necesarios se formaron a duras penas. Jaime, Lucas, Edgardo, Zacarías y dos entrenadores de otro turno. 

Si usted piensa que ser entrenador de CrossFit lo hace bueno en el voley, déjeme romperle la ilusión. 

El primer partido lo perdieron, desmoralizando a gran parte de los competidores. Pero el segundo lo ganaron, permitiendo que el equipo se pudiera ir con una sonrisa de media victoria. Algo de dignidad salvada.

- Tenemos que jugar un tercer partido - dijo, entonces, Edgardo, quien siempre es experto en dar malas noticias, no importa en cuál ámbito nos encontremos.

- ¿¡Qué!? - exclamó la mayoría.

- Yo no puedo quedarme - dijo Irene, pero como ella no jugaba y sólo estaba en la tribuna conmigo, a nadie le preocupó.

- ¿No vas a entrar a jugar? - me preguntó el entrenador.

- Es que vine de jean - respondí. - Como tenías equipo completo y varios suplentes, no pensé que iba a hacer falta yo.

Y por suerte no jugué ese tercer partido, porque la masacre que recibieron mis amigos fue un evento sanguinario, humillante y generador de tantas heridas emocionales, que yo estando en la tribuna sólo deseaba que termine esa agonía y los mataran de una vez.

Compitieron contra un grupo de púberes diabólicos que bien parecían ser los niños con poderes psíquicos que dominan la voluntad de los adultos. O los adultos, en este caso mis amigos, no tenían ninguna voluntad, porque los destruyeron.

- Lo positivo es que esto fue rápido - dijo la única integrante femenina del equipo. - Porque me tengo que ir.

Fue más rápido que cualquier partido de voley que se respete, pero no tanto como para no destruir psicológicamente a los que miraban la pelota pasar como si no supieran qué hacer con ella. O como si no recordaban que el objetivo no era esquivarla.

Más tarde, en casa, comprobé que en una de las fotografías que tomé del segundo partido, donde Zack está a punto de realizar un saque, salen los pequeños niños diabólico en la tribuna, saludando a la cámara con todo ímpetu, como una especie de baticinio de que serían los lobos ante esta humilde manada de (viejos) corderos.

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