martes, 25 de julio de 2017

Ella Volvió


Vanina no había asistido toda la semana anterior a entrenar. Aprovechando las vacaciones de invierno, se fue con su novio Hernán a recorrer el noroeste del país. Así que esa tarde, unas horas antes de las 21, nos reunimos con mate de por medio en la casa de Irene. Y mientras ella relataba con gran estilo zen "¿Cómo pasé mis vacaciones?", con Irene, Lucas y yo la sumergimos en los pormenores sociales de nuestro multifacético grupo social.


Ya esa noche, a la hora de entrenar, fuimos atraidos a quedarnos cerca de la puerta de salida. Por lo general, siempre entrenamos en el fondo del gimnasio, pero quizá el calor o quizá porque Edgardo se fue para atrás, nos sentimos atraídos a quedarnos al ingreso del local.
Así lo hicimos "los del fondo", reduciendo este pequeño grupo a Vanina, Lucas, Marcelo y yo. Por supuesto que Irene se sintió sumamente ofendida por nuestra traición y apareció caminando en nuestro sector, con mucha furia. 

- ¡Germán! - me gritó, haciendo una especie de camino en U a mi alredor. - ¡Te fuiste de tu lugar y Edgardo se vino a instalar al lado mío! ¡Ahora va a entrenar ahí! ¡Qué alegría! ¡Qué alegría!

Y se fue murmurando de felicidad a entrenar al lado de Edgardo.

Mientras tanto, se inició el WOD y Vanina, para no perder la costumbre, iba primera. En algún momento consiguió que Lucas vaya a su ritmo y ambos me sacaron una ronda de ventaja. 

Tras terminar un round, como teníamos que salir a correr una vuelta a la avenida, salí caminando intentando respirar cuando ambos aparecieron al trote detrás de mí. 

- ¡Vamos, Germán! - me gritó Vanina. - ¡Vamos!

Y me tiró del brazo para que corriera a su lado, sin importarle si yo podía respirar o no. Y yo, más por miedo que por voluntad, la seguí.

Si uno pensaría que ella sería feliz con haber terminado su entrenamiento, tomaría a su también medio muerto novio y se marcharía, eso no pasó. Como me faltaba un round, ella se puso a contar cada uno de mis movimientos mientras estiraba. Terminé a duras penas y fui a dar la vuelta a la avenida en absoluta soledad, con el inminente deseo de sentir ese dulce alivio que provoca la muerte. 

Al parecer demoré más de la cuenta en volver, porque Irene salió al exterior a buscarme.

- Hace media hora saliste a dar la vuelta - me dijo, en cuanto llegué a ella. - Pensé que te pasó algo.

- Vanina me pasó - respondí y lloré.

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