viernes, 21 de julio de 2017

Nuestros Inadaptados de Siempre


Zack me escribió pidiéndome ayuda para armar las pizzas, así que tomé a Lucas, Irene y Joaquín y fuimos al rescate del pobre anfitrión que se había comprometido a hacerse cargo de la comida para todos.

- ¿En qué te ayudo, Zack? - preguntó Irene.

- Poné la salsa.

- Bueno.

- Le estás poniendo poca. Dejá.

Y así, no nos dejó acercarnos a la comida, por lo que fuimos totalmente en vano tan temprano.

El primer invitado en llegar fue Edgardo, el entrenador. Apareció con el rostro triste, pues dio a entender que le había pasado algo feo. Si a cualquier persona esta situación le hubiera causado un mínimo de empatía, la costumbre de que el entrenador experimente todo tipo de emociones en nuestros eventos sociales impedía que le sigamos la corriente.

- ¿En todos los eventos se las va a apañar para arruinarnos la velada? - les pregunté a los demás.

- Te juro - murmuró Lucas.

- No dejen que esto les afecte - comentó Joaquín, que tras un par de cerveza, estaba en un estado zen.

Así que eso hicimos, mientras iban cayendo de a poco el resto de los integrantes. 

Yo, que antes de ir a la cena me había propuesto que no me iba a dejar amargar el día por los inadaptados de siempre, estaba fallándome a mí mismo de una forma escandalosa. Porque además de Edgardo (Inadaptado Superior), Alejandro, Ignacio y Marcelo no estaban apareciendo. La ironía era la capacidad de esos cuatro personajes de sacarme de quicio, estén presentes o no. 

En un momento de la noche, la charla giró sobre Erika y su capacidad para escapar de la obligación civil de votar. 

- Es que antes, cuando vivía en Buenos Aires, tenía domicilio acá - nos contó. - Me hice el cambio de domicilio a Buenos Aires y me volví a mudar para acá.

- ¿Y te vas a hacer el cambio de domicilio? - pregunté.

- Sí, estoy esperando que el Registro Civil no esté de paro - comentó.

- Todo el año estuvieron de paro - comentó Irene.

- Bueno, es que están reclamando mejores sueldos - saltó, a lo lejos, en una conversación que no lo incluía, Edgardo. - Ellos la pasan mal, como nosotros, en el Hospital. No somos como los Judiciales, que ganan bien.

El ataque iba directo a mí, a Zack y a Esteban. Los tres somos empleados judiciales. Y como supe contar, Zack y yo trabajamos en el mismo edificio.

- Encima entran a las 8 de la mañana... - continuó Edgardo.

- Pero porque están en Receso - se entrometió Irene, que salió en defensa de todos los empleados judiciales. - Sino entran a las 6.30.

- Bueno, nosotros en el Hospital entramos a las 5 - dijo Edgardo, en su solitario juego de "la tengo más grande". - Además, en el hospital atendemos casos importantes.

- Nosotros en el juzgado atendemos gente como vos - le respondí.

Más tarde, Alejandro apareció. Se había dormido, por lo que se despertó y fue, cuando ya eran pasada la medianoche, justo en el momento en que Edgardo se fue. Ya sin entrenador y con Alejandro, al menos pudimos sacarnos una fotografía colectiva entre todos. 

El único que no se alegró por la aparición de Alejandro, fue Rubén. Le había tocado él como Amigo Invisible y Rubén no le compró nada, porque, cito textualmente, "no sabía qué regalarle a un hombre". Esto fue complejo de explicar, además de un momento muy incómodo en la noche. Irene, recientemente abogada, estaba intentando defender un caso que se caía por su propio absurdo. Así que con un regalo menos, el resto sí pudo repartir sus correspondientes obsequios. 

La noche estaba llegando a su fin, cuando, como quien no quiere llamar la atención a último momento, Ignacio apareció. Literalmente, todos nos estábamos levantando para irnos cuando tuvimos que volver a sentarnos. Era como una representación de cuando los profesores que te hacían creer que podés irte antes de clase, pero cambia de idea y continúa una media hora más. 

Así que resistimos, como unos veinte minutos, sin disimular el cansancio y el fastidio, mientras Ignacio se excusaba por su demora adjudicando a sus viajes de trabajo. 

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