Rubén era el chico más reacio de todos nuestros compañeros de CrossFit. Tímido y poco sociable, Irene se ganó su amistad a base de persistencia. Gracias a ella, hoy día Rubén es uno de los miembros más importantes de nuestro grupo.
En la noche del martes, el karma le devolvería el gesto. Lo que es peor, no sólo a ella, sino a todos los que somos cercanos a ella.
Acompáñame en esta aterradora historia.
Después de un problema en la espalda, Lucas ha optado por no asistir a CrossFit los martes y jueves. Con el frío polar que atacaba el país, decidió que se quedaría a preparar uno de sus populares estofados e invitó a cenar a Irene y a Joaquín, comensales habituales de sus inesperados arranques culinarios.
Esa noche, Joaquín no había salido a tiempo del trabajo, así que tampoco asistió a entrenar. Y tras un WOD más complejo de realizar que el del lunes, y del que curiosamente nuestro entrenador no participó con nosotros, Irene y yo nos disponíamos a irnos a mi casa.
Fue entonces cuando en la vereda, fui abordado por Ignacio.
- ¿Vamos a ir a cenar a tu casa, Germán? - me preguntó el entusiasta chico que te halagaba por tu forma de respirar.
Yo simplemente sonreí, como suelo sonreír cuando no entiendo de lo que me está hablando la gente y no me interesa descubrirlo. Antes de que pudiera decir algo, Irene me jaló de la campera.
- Vamos corriendo hacia tu auto, sin mirar atrás - me susurró.
Y sonriendo, la seguí, porque tampoco sabía de lo que hablaba.
Fue en la esquina del gimnasio, donde mi auto estaba estacionado y algunos cuantos nostálgicos se despedían con el énfasis de los enamorados que no se quieren desapegar, independientemente de la helada que estuviera cayendo sobre nuestras cabezas, cuando ocurrió la siguiente escena confusa.
Erika subió en su moto a María Love para acercarla hasta su domicilio y ambas se despedían de Ignacio y Julio. Por el retrovisor del auto, vi que Ignacio le tiró un beso a alguna de las chicas. Yo, pensando que era hacia Erika y ese sería un motivo de burla posterior, saqué mi cabeza por la ventanilla.
- ¿Para quién fue ese beso? - pregunté.
- Para María - respondió Ignacio. - Pero no te pongas celoso que para vos también hay.
Y me tiró un beso al aire.
Metí mi cabeza dentro del auto, pero saqué mi mano e hice el gesto de que lo recibía y lo guardaba. Todo tan lógico como suena.
- ¿Dónde vivís, Germán? - preguntó Ignacio, a los gritos.
Le dije mi dirección.
- Bueno, vamos para ahí - comentó.
- Claro, si Lucas está haciendo estofado - dije, cerrando la ventanilla y arrancando el auto.
Esta charla podría haber sido una conversación intrascendente para el ser humano normal (entre los que me incluyo).
Podría.
Pero tuvo consecuencias impresionantes a posterior.
Así, hablando con Irene, nos dirigíamos a mi casa. En realidad, las charlas con Irene se reducían a ella hablaba y el otro, si es que podía, metía comentarios lacónicos que rondaban el "ajá", "y sí", "claro" y "ok".
Fue entonces cuando por el retrovisor, comprobé algo que me aterrorizó.
- Una moto y un auto nos están siguiendo - le comenté a Irene.
Esto era tétrico porque éramos conscientes que Ignacio se manejaba en auto y Julio en una moto.
- Muchos autos y motos nos siguen - dijo Irene, previa a jugar al juego "Diré una frase peor que la anterior". - No creo que ellos se hayan tomado en serio lo de... ¡Oh, por Dios, el de la moto es Julio!... ¡Oh, por Dios, nos están siguiendo!... ¡Oh, por Dios, Lucas va a matarte!
Cuando arribamos a mi casa, descubrimos que, en efecto, eran ellos dos.
Si hubiera un premio a la mejor actuación... Bueno, no lo íbamos a ganar nosotros, porque nuestros rostros de pánico eran complejos de disimular.
- Me siguieron - les dije cuando descendimos del auto. - No puedo creer que me siguieron.
Irene, dispuesta a anunciar la llegada de las visitas inesperadas y calmar las aguas de lo que Lucas podría decirme, ingresó primero y me dejó atendiendo a los chicos.
No sé qué tan buena es calmando las aguas o si al menos se esforzará por lograrlo, porque al instante en que los chicos tuvieron la idea de ir al kiosco a comprar bebidas, en compañía de Joaquín, Lucas estalló en un arranque de ira en mi contra.
- ¿¡Pero es que acaso sos idiota!? - me gritó, agitando la cuchara de madera con la que revolvía su estofado y salpicando con tuco todo el lugar. - ¿¡Cómo se te ocurre invitar gente!?
- Tranquilos, chicos, podemos solucionarlos - argumentó Irene.
- ¿Cómo me iba a imaginar que se iba a tomar en serio una charla así? - le pregunté a Lucas.
- Sólo tenemos que pensar en qué vamos a comer - siguió Irene.
- ¡Esto no va a alcanzar para todos! - exclamaba Lucas, como si hubiera arruinado su vida, agitando la cuchara de madera cual varita de Harry Poter.
- Por eso mismo, tenemos que pensar qué más comeremos - continuó Irene. - Creo que lo mejor sería que encarguemos comida.
- Bien, eso haremos - dije, dispuesto a salir de la situación y tomando la primera salida que me ofrecieran.
Encargué dos pizzas. Y para volver a ganar el amor de mi novio, una de esas era de cuatro quesos. A ver si con esto superábamos el impacto de haber arruinado su ritual del estofado. Y el resto superaba el impacto de compartir la cena con un Ignacio que siempre bailaba alegremente en la línea entre lo simpático y lo psicópata.
Lucas sirvió, en menores porciones, un plato de estofado a cada uno.
- ¡Esto está riquísimo! - dijo, de repente Ignacio.
- Pero si ni siquiera lo probaste todavía - argumenté.
- Veo que sos una persona observadora - me respondió.
- Quizá te convendría probarlo primero, antes de decirme que está rico - le aconsejó Lucas.
- Pasa que Ignacio quiere hacer sentir bien a la gente por adelantado - lo defendió Julio.
Mi analogía sobre "¡qué buena forma de respirar tenés!" volvió a mi mente, aunque no la dije en voz alta.
Otro momento impactante, fue cuando Ignacio recibió una llamada telefónica y se apartó de la mesa para hablar.
- Sí, estoy con Julio - le contaba a quien fuera que lo hubiera llamado. - Estamos cenando en la casa de unos amigos de CrossFit.
- Oh, por Dios - dije, con una angustia en el pecho. - Hemos ascendido a la categoría de amigos.
- Hay una diferencia entre compañeros de entrenamiento y amigos de CrossFit - argumentó Lucas.
- La sabemos - le dijo Irene. - El que no la sabe es Ignacio.
Julio, auténtica víctima de toda la situación, simplemente se limitó a reír y seguirnos la corriente. Creo que, en parte, era lo suficientemente inteligente para saber que eso le convenía.
Más tarde, esa misma noche.
- ¿Ya le compraste el regalo a tu Amigo Invisible? - le pregunté a Ignacio.
- Yo ni siquiera me acuerdo de quién era mi Amigo Invisible - confesó.
- Vas a descubrirlo fácilmente esa noche - deduje. - El único que no reciba regalo y se quede llorando, será al que le tendrías que haber comprado algo.
- Pasa que para mí nunca fue importante el Día del Amigo - dijo Ignacio. - Yo nunca lo festejé porque yo nunca tuve amigos.
Y entonces el violín más pequeño del mundo comenzó a tocar la canción más triste del mundo, para que Ignacio pudiera contarnos su biografía. Desde su aislamiento social en la infancia, las diferentes modas con las que se identificó, sus aleatorios estados de ánimo hasta llegar al día de la fecha, mal que mal pudimos comprender en qué se basa su conducta actual. No justificarla, pero sí comprenderla.
Y al final, aquella cena improvisada salió mucho mejor de lo que podríamos esperar. No obstante, cuando todos se marcharon, no pude dejar de mirar a Lucas y exponer el interrogante que ambos teníamos en la cabeza.
- Bueno, vida - dije. - ¿Qué diablos acaba de pasar?
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