Anoche tendría que haber asesinado a mi entrenador de CrossFit.
Tendría que haberlo golpeado con una Kettlebell y dejarlo inconsciente, al menos. A él y a Ignacio, que patrocinaba las ideas delirantes del primero, con el mismo entusiasmo que le pone un conductor de programa de televisión que había aspirado cocaína antes de salir al aire.
No soy una persona violenta, pero creo, en mi sano juicio, que se lo merecían.
El entrenamiento de anoche comenzó con el entusiasmo habitual. Era uno de los días más fríos del año y la mayoría había anunciado en el grupo de Whatsapp que no asistiría, adjudicándose que se encontraba enfermo. Particularmente creo que la mayoría estaba curándose de las heridas físicas y emocionales que dejó el desastrozo partido de voley del domingo (habrá una entrada particular para esto).
Edgardo, nuestro entrenador, dio el WOD (Work of Day, algo así como la rutina del día). Y como todo WOD en el que él decide entrenar a la par nuestra, fue sumamente liviano y cualquier principiante podía hacerlo.
Como decía, éramos pocos. Entre los pocos que éramos, sobraba Ignacio. Y es que el muchacho comenzó con nosotros hace unas semanas y, abriéndose paso en el grupo con la firmeza de un maremoto que causa catástrofes, comenzó a repartir adulaciones entre todos los integrantes.
De acuerdo, como grupo de CrossFit nosotros nos decimos frases alentadoras. Eso es una cosa, porque la situación lo amerita y los compañeros te impulsan a terminar la rutina. Ahora, repartir frases lindas y encantadoras en los momentos más inoportunos, es otra totalmente distinta. No es que yo sea el hijo del rigor y no me gusten los cumplidos, pero al menos dejame hacer algo bien que lo amerite, por todos los cielos. Al menos dejame hacer algo.
Uno no le dice a otro "¡Es extraordinario cómo respirás!", "¡Nunca vi a alguien respirando así!", "¿¡Cómo puedes respirar tan bien!?". Es decir, somos un grupo positivo, pero esto es absurdo. Obvio que Ignacio no llega a decirnos frases como esa, pero la analogía se entiende.
La cuestión es que anoche lo estuve evitando durante todo el entrenamiento y, de alguna forma rebuscada, cada vez que me giraba estaba cerca mío. En un momento analicé la posibilidad de entrenar en la vereda, solo y en la helada, si eso me sacaba del suplicio que era entrenar en aquel día donde fueron pocos.
Pero si algo en lo que definitivamente no contaba es que Ignacio (que me cae mal) y mi entrenador (que me cae peor) se unieran. Fue uno de esos momentos catastróficos en la historia de la humanidad, en donde dos personas que juegan a cual más delirante, se pusieron a organizar un plan para celebrar el día del amigo, el cual se celebraría tres días después.
Se lo pusieron a organizar en mi casa.
Los dos.
Era la hora de irnos cuando todos se sentaron alrededor de Edgardo, como si fuera una especie de maestro pitagórico que nos iba a dedicar unas sabias palabras sobre cómo entender la vida. Mi novio y compañero de entrenamiento, Lucas, y yo, nos quedamos de pie estirando. Lo que fuere para salir corriendo de allí sin mirar atrás.
- El jueves y viernes no abriremos el gimnasio - comentó Edgardo. - Pero el jueves podemos organizar algo por el día del amigo.
- Podemos hacer hamburguesas - dijo Ignacio. - Pero que no sean las compradas. Tenemos que hacerlas nosotros.
- ¿Cómo nos vamos a poner a hacer hamburguesas? - preguntó Edgardo, creyendo que era un chiste.
- Las podemos hacer - insistió Ignacio. - Las voy a hacer con María. ¿Te parece, María?
- Sí - dijo María, la única de todo el clan que lo toleraba. No volvió a hablar.
- María y yo hacemos las hamburguesas - repitió Ignacio.
Todo parecía bien si se hubieran limitado a encargarse de la comida y nada más. El problema fue que a partir de allí comenzaron una suerte de delirio gourmet que nadie estaba deteniendo, fabricando en su mente todo tipo de comida, a cual más complicada.
- Y lo podemos hacer en tu casa - dijo, en un momento, Edgardo, mirándome.
Yo sonreí. Muchas veces mi casa fue el lugar de encuentro. Pero en eventos que organizaba yo. No en los que me imponía él.
- Sea lo que fuere que hagamos, tenemos que incluir a Javier - comenté.
Javier era el otro entrenador. Un suplente de Edgardo y estudiante de profesorado de Educación Física. Particularmente, me caía mejor que Edgardo, pero no es parámetro. Cualquiera me cae mejor que Edgardo. Javier tenía que estar en la celebración del jueves, porque hicimos el famoso sorteo del Amigo Invisible y jugó con nuestro grupo.
- Sí, ¿cómo no lo vamos a invitar? - dijo Edgardo, que tiene cierta resistencia cuando nos vinculamos con los otros entrenadores del gimnasio. - Aunque hay que avisarle con tiempo, por su novia. Tiene que pedir permiso.
Si la frase que nos antecede no fue lo suficientemente mala, tienen que leer el remate.
- ¡Y que vaya con la novia! - exclamó Ignacio.
Sentí que me bajaba la presión.
- Si Erika fue con el novio a la cena del otro día - continuó Ignacio en su argumento que parecía irrebatible. - Javier puede ir con su novia. Yo también voy a ir con la mía.
Era gracioso, porque él estaba invitando a todos a mi casa.
Es decir, el chico al que el grupo apenas toleraba (a excepción de María Love) estaba incluyendo personas (que no eran de CrossFit) a nuestros eventos sin consultarlo con ningún miembro (excepto el suyo).
Y como buen soldado que sabe cuándo es el momento de irse antes de sacar un arma y asesinar a alguien, me giré sobre mis talones y me despedí.
- Hasta mañana - saludé, tomando a Lucas para sacarlo de allí.
- Mañana organizamos mejor - dijo Edgardo, a la distancia.
- De todas maneras, lo terminaremos organizando nosotros - le respondí, como una poco sutil forma de decirle que siempre que él tiene una idea, somos nosotros los que tenemos que llevarla a cabo en base a su forma de desligarse de responsabilidad.
- ¡Y sí! - remató Ignacio, sumamente feliz, como si yo lo hubiera dicho con entusiasmo.
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