lunes, 19 de febrero de 2018

1.07 - El Culebrón

Previamente en A las 21 en CrossFit:
Emir, en un gran acto de heroísmo, decidió enfrentar a Jose y acusarlo del homicidio de su novia desaparecida. Vanesa tuvo unas no muy relajadas vacaciones, ya que se encontró en el mismo lugar con Ariel. Emma, por su parte, está dispuesto a recuperar el amor de Lucy.

I
3 Semanas Antes de Año Nuevo

La situación en la casa de Jose era tensa. Emir, sin ninguna clase de pudor, lo acusó de asesino, después de haber irrumpido ilegalmente en su vivienda junto con Darío, el chico robot.
Jose estaba irritado, pero intentaba sonar sereno.
JOSE: Es muy fuerte de lo que me están acusando. Andrea desapareció sin dejar rastros. Fue muy doloroso y muy perturbador para mí, en su momento. Pero no tan perturbador como el hecho de que hayan entrado en mi casa de esa manera.
Emir y Darío agacharon la cabeza, con mucha culpa y una genuina tristeza.
EMIR: Ya te pedí perdón mil veces.
DARIO: A veces no uso mis poderes para las fuerzas del bien.
JOSE: Pero al menos ustedes no rompieron la ventana para entrar... Como ellos.
Ivana, Carla y Adrián agacharon la cabeza, con mucha culpa y genuina tristeza.
IVANA: Es que vimos a Lucas y salimos corriendo despavoridos.
CARLA: No sólo porque no nos gusta su entrenamiento, sino porque pensamos que Emir y Darío estaban en peligro.
JOSE: Eso lo entiendo, pero ¿por qué rompieron la ventana y tiraron gas lacrimógeno?
Emma y Rodrigo agacharon la cabeza, con mucha culpa y genuina tristeza.
EMMA: Quería que hubiera humo para confundirte, si es que los estabas asesinando.
RODRIGO: A mí simplemente me gusta que haya caos.
JOSE: Y eso lo entiendo, ¿pero por qué destruyeron el techo?
Vanesa agachó la cabeza, con mucha culpa y genuina tristeza.
VANESA: Porque Juan me dijo que saltemos del avión y tenía la esperanza de que aterricemos sobre la cama. 
JOSE: Pero caíste sobre mí.
CARLA: Como en las pelis románticas.
JOSE: Me disloqué el hombro.
VANESA: Pero no fue mi culpa. Yo caí sobre Juan. Fue Juan el que cayó sobre vos.
EMMA: Que sigue inconsciente en el piso.
EMIR: En el mejor de los casos.
RODRIGO: ¿No deberíamos llamar a una ambulancia?
VANESA: Primero lo primero. Si adelanté mis vacaciones fue para ponerle fin a esta oleada de misterios.
IVANA: Pensé que decidieron volver cuando se enteraron que Ariel se iba a quedar una semana más. 
VANESA: Sí, también eso influyó.
RODRIGO: Creo que si vamos a tener una charla, lo mejor es hacerlo con unos tragos.
EMMA: ¡Es verdad! ¡Darío! ¡Preparate unos daikiris!
DARIO: ¡A la orden!
Y Darío, que tenía insertada una licuadora en el estómago, tuvo tragos de diferentes gustos a la brevedad. Los chicos hablaban mientras sacaban las copas cargadas de su abdomen.
VANESA: ¡Es hora de decir la verdad!
RODRIGO: Bueno, la realidad es que digo que tengo novia pero lo que en verdad me gustan son los...
VANESA: No tu verdad, Rodrigo. Hablo sobre lo que le pasó a Andrea.
Carla lanzó un suspiro de resignación.
CARLA: Estábamos tan cerca.
VANESA: Jose, ¿qué hay en el congelador que estaba en el depósito del gimnasio? ¿Y dónde está el congelador ahora?
Jose miró a Vanesa con perplejidad. Luego hizo lo mismo con el resto.
JOSE: No sé de qué me estás hablando.
VANESA: Había un congelador en el depósito pero cuando lo descubrimos, lo movieron de lugar.
JOSE: Nunca antes había bajado al depósito hasta aquella vez que Ariel no quiso que esté en su entrevista. ¿Recuerdan? Cuando Carla sentía cosas por él.
CARLA: Ah, sí, capítulo raro ese.
Ivana pegó un resoplido.
IVANA: Es decir que si Jose no sabe nada, volvemos al punto de partida.
EMIR: O sea, a Ariel.
JOSE: ¿Ustedes creen que el cadáver de Andrea está ahí?
IVANA: Espero que sí, porque si después de todo el desastre que hicimos, descubrimos que dentro del congelador sólo había hielo y embutidos, me voy a sentir estafada.
JOSE: Entonces el principal objetivo será encontrar el congelador. 
IVANA: Eso lo sabemos, el tema es dónde.
Ninguno de los presentes notó que Emma se movió incómodo en la silla e hizo fondo blanco a su copa de daikiri.

II
2 Semanas Antes de la Noche de Año Nuevo

El lunes después de la reunión en la casa de Jose, Carla llegó corriendo a encontrarse con Ivana, Adrián y Emir, que la esperaban fuera del gimnasio.
CARLA: Chicos, ¡qué suerte que los encontré!
EMIR: ¿De qué estás hablando, Carla? Estamos siempre acá.
IVANA: Es verdad. La gente nos confunde con los spot publicitarios. Luego nos observan bien y salen de la duda.
CARLA: Tengo que contarles algo muy loco que me sucedió este fin de semana. Conocí a un hombre y, si bien es un tanto mayor para mis gustos, es un galán.
EMIR: ¿Qué tan mayor?
IVANA: ¿Mayor de edad?
EMIR: ¿Mayor que nosotros?
IVANA: ¿Mayor de la tercera edad?
EMIR: ¿Mayor que Ariel?
CARLA: Un poco mayor que nosotros. Pero fue tan romántico que no pude evitar caer rendida a sus encantos. ¿Es esta la historia de amor que me merezco?
EMIR: Depende. ¿Cuánto miden sus encantos?
IVANA: No seas ordinario.
CARLA: De verdad, es muy caballero. Y conoce este lugar. ¡Miren! ¡Allá está estacionando su auto! 
Todos miraron al auto que estacionaba aunque no alcanzaban a ver su interior. Sin embargo, no fue la puerta del conductor la que se abrió, sino la del acompañante. Y de él... ¡salió Darío!
CARLA: ¿Qué hace Darío con mi galán?
Darío llegó hacia ellos con su mochila y su mirada cabizbaja.
DARIO: Hola... ¿ya corrieron, no?
CARLA: Darío, ¿quién es el hombre que te trajo?
DARIO: Mi padre. ¿Por qué?
Se produjo un silencio tan incómodo, al tiempo que el rostro de Carla se enrojecía.
CARLA: Pero me cago en...

III

Carla lloraba desconsoladamente ante el descubrimiento. Aquello fue inconcebible. Cuando llegó Vanesa y la descubrió acurrucada en un rincón, se unió a la manada de chicos que querían consolarla.
VANESA: Pero, ¿qué te pasó?
CARLA: Es que comencé a salir con un hombre más grande.
VANESA: ¿Y descubriste que es el padre de un compañero de entrenamiento?
CARLA: ¿Cómo sabías?
Vanesa se encogió en hombros.
VANESA: Son cosas que te pasan. 
CARLA: Oh, Dios mío. Mi vida es como un culebrón.
IVANA: Y uno malo, Carla. Escrito por Estebanez y actuado por su hijo.
CARLA: ¡Estoy tan cansada de que todo me salga mal! ¡Pero eso se terminó! ¡De ahora en más, la buena suerte me va a sonreír!
Entonces, una barra chocó contra su cabeza y cayó completamente inconsciente en el piso. Emma corrió hacia el lugar de los hechos.
EMMA: Lo siento. Es que Rodrigo me apostó que no podría usar la barra como jabalina, ¡y sí, pude! ¿No es genial?
Sin dejar de sonreír por su triunfo, señaló a Carla.
EMMA: ¿Ella está muerta?

IV

Pero Carla, lejos de estar muerta, abrió los ojos y se vio en su antigua habitación en la granja, vestida con sus overoles azules y su sombrero de paja. Bajó las escaleras al escuchar que sus dos hermanos mayores discutían con un sujeto. Reconoció la voz al instante: era el malvado Conde Ariel Olaf.
CONDE ARIEL: ¡O me pagan ahora mismo o se van a la calle!
El malvado Conde Ariel Olaf quería el dinero que los padres de los tres hermanos, muertos recientemente en un misterioso accidente, le debían por la estancia. 
Su hermana mayor, Vanesa de las Ordenes, intentaba razonar con él. Su hermano del medio, Emir de los Hombres, estaba callado y lloraba en un rincón.
VANESA: Pero malvado Conde, ¡no tenemos ese dinero!
CONDE ARIEL: ¡Entonces la casa es mía! ¡Y ustedes a la calle! ¡Muajajajajá!
EMIR: Denos esta semana y le conseguiremos el dinero, lo prometemos.
CONDE: Está bien, está bien. Tienen hasta el viernes, sino se irán. Y si no se van, quemaré este lugar por completo con ustedes dentro. Porque soy malvado. ¡Malvado!
Y riéndose como loco se marchó. Los tres hermanos, muertos de rabia y miedo, se abrazaron y lloraron. Otros animales de la granja que andaban por allí, se unieron al abrazo familiar y lloraban también. ¿Por qué todos lloraban? Pues porque esto es un culebrón.
VANESA: Ay, virgencita mía, ¿qué haremos para salir de esta desgracia? Vamos a perder todo. La casa de nuestros padres, donde nos criaron con tanto amor y fuimos tan felices. ¡Fuimos tan felices aquí! No puedo creer que todo esté a punto de derrumbarse. ¿Por qué la vida es tan cruel con nosotros, los hermanos Campestres?
CARLA: Si alguien puede sacarnos de esto, esa eres tú, Vanesa de las Órdenes.
EMIR: Pero no, María Carla, esto es un culebrón. No hay lugar para el empoderamiento femenino ni para los homosexuales. Así que básicamente estamos en esta historia de relleno. 
VANESA: Así es, María Carla de las Penas Interminables, tienes que ser tú la que vaya a buscar un trabajo.
EMIR: Un trabajo digno de una mujer de culebrón. Así que tiene que ser de mucama. O de secretaria de algún hombre apuesto.
Carla quedó boquiabierta.
CARLA: Pero, ¿qué será de ustedes si yo me voy?
VANESA: Probablemente moriremos injustificadamente cuando los autores necesiten generarte más drama. 
Y todos se abrazaron nuevamente y volvieron a llorar mientras se despidieron. Así, Carla, con un chancho bajo el brazo, literalmente, dejó a su familia y los campos para ir a la ciudad, con el objetivo de conseguir el dinero para salvar a sus hermanos.

V

Carla llegó a la mansión Bustamante Torres de los Prados y consiguió el puesto de mucama, debido a que por error, el personal la confundió con una mucama especializada que una agencia debería haber mandado. Así que la contrataron pese a que ella no tenía experiencia. 
Su primer amigo fue Emmanuel De las Sagradas Lesiones, el joven que se encargaba de las mandarinas. Porque la familia tenía un campo de mandarinas.
EMMA: La única decente en esta familia es Lucy. El resto son todas unas mangas de buitres. En especial el hermano mayor. ¿Sabes por qué se fue la empleada anterior? Porque él la enamoró y luego la abandonó. Ella tenía el corazón destrozado por amarlo tanto y nunca se pudo recuperar.
CARLA: Pues a mí no me va a pasar. ¡Yo soy una mujer hecha y derecha que jamás le romperán el corazón! 
Y este es el discurso feminista que siempre hace la protagonista sólo para contradecirse en la siguiente escena.
EMMA: Llevale éstas toallas al amo entonces.
Y Carla, decidida y empoderada, fue hacia la habitación de Matías de los Dientes para dejar las toallas. Justo entonces salió el muchacho, heredero de la casa, envuelto en una del baño.
CARLA: ¡Perdón, señor!
MATIAS: ¿Y vos quién sos?
CARLA: Soy María Carla, mi señor. Su nueva mucama, mi señor. Perdón, yo no sabía que usted estaba en cuero, patroncito. ¡Qué vergüenza!
Carla estaba roja de pena al ver al chico de abdominales marcados. Pero entonces, la novia de Matías, miraba la escena de la mucama desde la puerta de la habitación.
VANESA: ¡¿Pero qué significa ésto?!
CARLA: ¿Vane? ¿Otra vez? ¿No eras mi hermana?
VANESA: No sé si notaste, pero somos pocas las chicas del grupo y tenemos que hacer dobles personajes.
CARLA: ¿E Ivana?
MATIAS: Ella es mi mamá.
CARLA: Ah.
VANESA: Además, soy tan multifacética, que si me hago trenzas quedo como una tierna campesina que almuerza palomas, pero si me ato el cabello bien ajustado quedo como Isabel Macedo en Floricienta.
CARLA: Es verdad. Bueno, va a ser interesante verte en el papel de villana.
VANESA: Gracias, mirá lo que tengo para vos.
Y sacando una botella de perfume, roció por el rostro de Carla un poco de su contenido. 
CARLA: ¿Qué es? ¿Perfume?
VANESA: Ácido.
CARLA: Ah. ¡Aaaaaaaaaaaahhh!

VI

La Vanesa malvada se dirigió indignada hacia donde el chofer de la mansión, Juan de los Aviones Caídos, se encontraba. Le dio un beso en los labios. 
VANESA: No sé quién es la chiruza ridícula pero la quiero fuera de la casa. No puedo dejar que Matías ande detrás de las falditas de las sirvientas, de nuevo.
JUAN: Dejá de darle importancia a la campesina y concentrate en hacerlo feliz a tu futuro marido. Que si lo atendieras mejor no andaría detrás de otras. Una vez que se case con vos, vamos a sacarlo del medio y nos quedaremos con su fortuna.
VANESA: Ajajajajá. Que malos somos.
IVANA: ¡Yo también quiero a esa chiruza fuera de esta casa!
JUAN y VANESA: ¡Ivana de las Quejas!
Ivana, la dueña de aquel imperio, apareció a hablar de sus sentimientos con la lentitud que su bastón le permitía.
IVANA: Desde que esa porqueriza llegó, noto que mi Sergio ha cambiado. Mi marido, el dueño de esta estancia... Ay, mis reumas... Como decía, sé que Sergio me oculta un secreto y me destroza no saber cuál es.
SERGIO: Pues es hora de decir la verdad.
JUAN, VANESA e IVANA: ¡Sergio de las Compras!
Sergio, con su temple amenazante, se acercó hacia ellos.
SERGIO: ¿Ustedes quieren saberlo todo, eh? Pues he de confesar algo tan terrible y no estoy para nada orgulloso de ello. ¡Esa chica es mi hija!
Todos exclamaron un gemido de sorpresa ante la revelación.
SERGIO: Durante años la he apartado de mi cuidado, pero ahora que ha regresado hacia mí por voluntad propia, puedo acercarme a ella, conocerla y nombrarla legítima heredera de toda mi fortuna. ¡Aaaahhh!
Y entonces Sergio se murió allí mismo. 
IVANA: ¡Sergio! 
Derramó una lágrima por él y luego miró a Vanesa y a Juan.
IVANA: La chiruza no puede saber que ella es la heredera de toda esta inmensa fortuna y que tiene los mismos derechos de sucesión que sus hermanos.
CARLA: ¿De qué no me tengo que enterar yo?
Todos en ese momento se giraron para ver que Carla, en compañía de la hermana pequeña Lucy, entraron en el sitio de la mansión que sea donde se encontraban estos personajes.
LUCY: ¡Que sos mi hermana, sonsa!
Lucy abrazó colmada de felicidad a Carla. Era la única que sonreía en esa escena. Luego, suspiró y comenzó a retirarse.
LUCY: No puedo creer que me hagan aparecer en este capítulo para decir solamente ésto. ¿Pero quiénes se creen que son? A Vane le dan dos personajes, ¡dos! y a mí me hacen salir para decir un diálogo que tranquilamente lo podía haber dicho cualquiera. Después se quejan de que los abandono por Álvaro...
Pero Carla, lejos de interesarse en el soliloquio de Lucy, tenía otros problemas en la cabeza. Nunca mejor dicho.
CARLA: ¡No puedo creer que soy heredera de esta mansión! Yo, que me he criado en el hambre, en el frío y en la pobreza. Yo, que a veces no tenía zapatos para ir a la escuela y que tuve que matar a mi cocodrilo favorito para hacerme unos zapatitos. Y luego a mi otro cocodrilo para una cartera a tono. ¡Y ahora soy tan inmensamente feliz! Porque con esta plata, podré ayudar a mis hermanitos.
MATIAS: ¿Entonces somos hermanos?
En ese momento apareció Matías, ya enterado de la noticia y por lo que eso significaba. Lo sorprendente es que ninguno de los hijos estaba demostrando ninguna clase de angustia porque el padre acababa de morir delante de todos. 
CARLA: No podremos estar juntos, mi amor. 
IVANA: En realidad, no son hermanos.
Todos volvieron a lanzar un gemido de asombro.
MATIAS: ¿No lo somos, madre?
IVANA: Yo, como la vieja que es ortiva al principio y después se hace buena porque se compadece por vaya a saber Dios qué, tengo que revelar que en realidad Sergio no es tu padre. Sino que tu padre es...
RODRIGO: Soy yo.
TODOS: ¡Rodrigo de los Armarios! 
RODRIGO: Así es. Yo soy tu verdadero padre, Matías.
MATIAS: Entonces me puedo casar con Carla.
La malvada Vanesa dio un paso al frente.
VANESA: Disculpen, ¿alguien puede acordarse de mí?
MATIAS: Y vos vas a ir presa.
VANESA: ¿Yo? ¿Por qué?
MATIAS: Pues por fingir un embarazo, matar a tu amante cuando tuvo un poco de culpa y quiso revelar todo el plan, impedir que mi hermana menor sea feliz con Emma y presentarle a Álvaro y luego trazar un plan que dejó al chico de las mandarinas ciego por unos meses y luego paralítico por otro.
VANESA: Ah, eso. Ustedes hacen drama por cualquier cosa.
Y entonces, ya sin nada que les impida la felicidad, Carla y Matías se casaron y vivieron felices para siempre.

VII

Carla abrió los ojos nuevamente y lejos del final feliz de su culebrón a causa de una contusión, estaba desparramada en el piso del gimnasio con Jose intentando reanimarla.
JOSE: Carla... ¿estás bien?
CARLA: Jose... ¿Dónde estoy? 
JOSE: Tuviste un golpe en la cabeza y te desmayaste. ¿Querés que llame una ambulancia?
CARLA: No será necesario. Me encuentro bien, pero tengo que hablar con Darío.
Todos pegaron un gemido de sorpresa.
CARLA: Ya dejamos el culebrón detrás, por el amor de Dios. 
Así que Carla salió al exterior del gimnasio para tener una charla con el niño robot. Era hora de dejar todo el drama a un lado y hablar honestamente como una adulta.
CARLA: Darío, tengo que confesarte algo.
DARIO: Ahora que lo mencionás, yo también.
CARLA: ¿Ah, sí?
DARIO: He estado mucho tiempo sin animarme a decirlo.
Carla suspiró llena de culpa.
CARLA: Sé lo que vas a decir, Darío. Y la verdad es que yo me siento igual que vos.
El rostro de Darío se iluminó, aunque ella no entendió por qué.
DARIO: ¿De verdad?
CARLA: Claro que sí. Desde que lo supe, me siento cargada de culpa, porque vos sos como un hermano para mí. Y esto está mal.
DARIO: Claro que está mal, Carla. Pero no pudimos evitar que suceda.
CARLA: Por supuesto que no pudimos evitarlo. Pero tenemos que ser maduros con estos y tomar la decisión más sabia. Así que por consecuente, te prometo que no voy a salir más con tu padre.
El rostro de Darío permaneció perplejo.
DARIO: ¿Que qué?
CARLA: De eso estábamos hablando, ¿no?
DARIO: Claro... Salís con mi padre.
CARLA: Sólo fue un romance de fin de semana, Darío, pero te prometo que terminaré con él hoy mismo. Jamás pondría en peligro lo que tengo con vos por esto. 
Darío abrió la boca pero no dijo nada más. Si bien Carla decidió terminar con los culebrones, probablemente él todavía no estaba listo para cruzar esa puerta.

VIII

Jose decidió despedirse de sus alumnos de las 21.
JOSE: Bueno, chicos, ésta es mi última clase con ustedes porque ya vuelve Ariel.
Esperó a que cesara el lamento general antes de volver a hablar.
JOSE: Pero no se preocupen, que juntos tenemos mucho para investigar.
La promesa no sirvió para levantar los ánimos, porque los chicos preferían un buen entrenamiento antes de que resolver el misterio del congelador y la chica desaparecida, pero se tuvieron que conformar con lo que había. 
Así que cuando todo el grupo se marchó, Jose se dedicó a apagar los ventiladores del gimnasio y a guardar los elementos desordenados. Tan concentrado estaba en su tarea, que no percibió a la persona que sigilosamente se puso detrás de él y lo dejó inconsciente de un buen golpe en la cabeza.
Por suerte, ya estaba desmayado y no sintió dolor por los siguientes golpes que le dieron.

IX
La Noche de Año Nuevo

Ariel lanzó un gemido de angustia cuando vio que Ivana lo llamaba a su celular.
ARIEL: Acabo de recibir un golpe en la cabeza, ¿por qué no me dejas con mi dolor en paz?
IVANA: No te llamo porque deseo genuinamente hablar con vos. Te llamo porque hemos pensado en algo.
ARIEL: Esto es nuevo.
IVANA: Si el chico que golpeamos estaba malherido y dimos por muerto, es probable que cuando despertara buscara ayuda médica. Así que, ¿puedes preguntar en la guardia de la clínica si está en el mismo lugar que vos? Como para ahorrarnos un poquitito el tema de buscarlo por todo el pueblo.
Ariel lanzó un suspiro. 
ARIEL: De acuerdo. Lo haré sólo por ustedes. Para que vean que, pese a que cada rato intentan que deje de ser su entrenador para irse con el primero que les da cariño, yo soy fiel al grupo.
Ivana ni siquiera le contestó porque cortó la llamada antes de que él termine su discurso.
Así que se puso de pie, caminó con el suero en mano y la bata de clínica semiabierta y se dirigió hacia la recepción. La enfermera de guardia no parecía entusiasmada con trabajar en la noche de año nuevo.
ARIEL: Disculpe... Quiero saber si puedo hablar con Jose Navarra. Está internado en esta clínica.



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