martes, 1 de agosto de 2017

Con las Despedidas


Cada vez que nos reunimos y nos tenemos que despedir, se genera un ambiente atípico. Nos supo pasar en un evento, en un restaurante, en un día de mucho frío. Salimos para ir cada uno a su auto y todos nos quedamos en ronda, los 13 que éramos, sin decirnos nada, como si nadie quisiera ser el primero en irse.

Esa vez fue Vanina la que interrumpió el momento diciendo "bueno... Chicos..." y ahí entendimos que nos debíamos ir.

El asado en la casa de Marcelo iba a ser realizado por nuestro entrenador oficial. Joaquín, Irene, Lucas, Vanina y yo llegamos con una hora de retraso. Principalmente, porque la casa en la que Marcelo convive con su novia quedaba en un barrio que más alegremente pertenecía a otro pueblo que al nuestro. Y segundo, porque era sábado por la noche y las tres calles céntricas estaban colapsadas por los derrochadores de combustibles que ostentan elitismo.

Cuando llegamos, sólo se encontraba nuestro entrenador Edgardo, los anfitriones Marcelo y su novia, y el Señor Toldo, que también hace CrossFit aunque siempre se mantiene al margen de todos nuestros dramas afectivos. 

Es decir, éramos los únicos invitados.

Es una suerte haber llegado una hora tarde, porque probablemente hubiéramos sido la comida.

Durante la cena, no pasó mucho. Edgardo me felicitó por mi chiste de que ahora él era el 4to mejor entrenador de La Ira (sólo hay 4 entrenadores). Es una suerte que se lo haya tomado con humor, aunque no sé por qué consideró que yo hacía un chiste.

Marcelo, por su parte, fiel a su instinto de comportamiento cuando se encuentra cerca de su novia, mantenía un nivel de conversación donde fácilmente podríamos confundirlo con una silla o un arbusto. 

Así que cuando terminó la cena y el Señor Toldo se fue, quien era el único que mínimamente hacía un puente entre su subgrupo y el nuestro, caímos en un proceso que duró más de lo que debe. En el corte de cámara, Vanina, Joaco, Lucas y yo estábamos intentando no morir de aburrimiento mientras Irene no dejaba de interactuar como una loca. Incapaz de percibir el aburrimiento de nuestros rostros, tuvimos que esperar a que Edgardo se marchara para seguirlo.

Cuando nos subimos al auto, caímos en cuenta que solucionamos el problema de las eternas despedidas.

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